martes, 27 de septiembre de 2011

Ollanta Humala y la reelección: Cuando no responde un presidente

Por Jorge Ramos Avalos

El Nuevo Herald

Hay silencios que dominan cualquier conversación. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido luego que el presidente de Perú, Ollanta Humala, se negara a contestar mis preguntas sobre una posible reelección.

Al rehusarse a hacerlo, Humala volvió a destapar los miedos de muchos peruanos que no quieren para su país el mismo destino autoritario de la Venezuela chavista. Entiendo perfectamente que la Constitución del Perú prohíbe la reelección inmediata. Lo que no entiendo es por qué el presidente Humala se negó a decir por televisión que nunca buscaría la reelección.

Todo ocurrió durante la entrevista que me concedió el presidente Humala, antes de su discurso en Nueva York ante la Asamblea General de Naciones Unidos. Hablamos, vía satélite, de muchas cosas. En 14 minutos me dijo que apoyaba la creación del estado palestino, que Bolivia tiene que negociar con Chile (no con Perú) su salida al mar, que a él no le competía determinar si el ex presidente Alan García fue un corrupto, y que no indultaría ni al ex presidente Alberto Fujimori ni a su hermano Antauro Humala (condenado a 19 años de prisión por rebelión).

Y luego le hice la última pregunta. “¿Nos pudiera prometer, con absoluta certeza, que usted no va a buscar la reelección?” Quería saber si él descartaba cualquier modificación de la Constitución para buscar la reelección inmediata. Pero su respuesta (o más bien, la ausencia de ella) me sorprendió.

“Creo que los presidentes también merecemos respeto”, me dijo, sin contestar la pregunta. Pero no entendí dónde estaba la falta de respeto: solo estaba haciendo mi trabajo. “Me da la impresión de que usted tuviera un prejuicio contra mi persona, lo cual no puedo aceptar”.

Le respondí que me parecía que le había hecho una pregunta legítima y que, simplemente, quería saber si buscaría la reelección o no. ¿Sí o no? Así de sencillo. El presidente Humala me preguntó si yo había leído sus discursos –sí los había leído– pero luego insistí con la pregunta. ¿Buscaría la reelección?

“No tengo por qué decírselo”, me dijo, desafiante, “así que no veo a qué viene ese tipo de preguntas”.

A esto viene. En diciembre de 1998, cuando Hugo Chávez aún era candidato en Venezuela, él me dijo que entregaría el poder en cinco años o menos. Y desde luego mintió. (Esta es la liga de esa entrevista http://bit.ly/nxxCwa ). Es decir, Chávez dijo algo como candidato y ya como presidente cambió su postura y hoy sigue en el poder.

En campaña Humala dijo: “No me quedaré en el poder ni un minuto más que los cinco años que establece la Constitución”. Pero, como presidente, ¿cambiaría su posición?

El canciller peruano, Rafael Rocangliolo, defendiendo a su jefe, me calificó de “impertinente, este extranjero” por hacer la pregunta. Quizás él no sabe que en el periodismo no hay pregunta prohibida, que los periodistas libres hacemos preguntas incómodas, que en un mundo globalizado nos metemos en todas las fronteras y que donde yo vivo no hay censura.

Preguntar si un presidente se quiere reelegir es una pregunta válida y hasta obligada a nivel periodístico. La democracia de Perú depende de que nadie se perpetúe en el poder. Y hay que preguntarlo, aunque no le guste al presidente y a su canciller.

En un mensaje por Twitter (@ollanta_humalaT) horas después de la entrevista, el propio presidente escribió: “Ni un día más. Mi juramento con el Perú y la democracia fue y es: no a la reelección”. Entonces, si dijo eso por Twitter, ¿por qué no lo quiso decir por televisión?”

Puede ser por cansancio, ingenuidad, falta de experiencia o mal manejo de los medios. Pero el problema es que ya sembró la duda entre muchos peruanos de que, eventualmente, él buscaría cambiar la Constitución para reelegirse o que promovería desde el gobierno la candidatura de su esposa, Nadine Heredia, para el 2016.

Antes de despedirnos, y aún sin contestar mi pregunta, el presidente Humala concluyó diciendo: “Seguramente esa podría ser una respuesta que le daría titulares y yo no estoy para dar titulares”. Ahí, me temo, se equivocó. Humala nunca se dio cuenta que al negarse a contestar estaba haciendo exactamente eso: titulares y noticias. Pero no las que él hubiera querido.

Lo peor de Chávez

Por Tulio Ramírez

Analítica

Siempre me ha impresionado cómo los países se han recuperado de sus tragedias. El caso de Alemania y Japón son los ejemplos más recurridos cuando se quiere demostrar que por encima de las grandes catástrofes, los pueblos se reinventan y son capaces de superar la desgracia dando saltos cualitativos que, al final del día, los colocan en mejores condiciones que antes del traspiés histórico.

En menos de tres décadas ambos países, devastados material y anímicamente por la guerra, supieron sobreponerse y convertirse en lo que son hoy día, potencias industriales y financieras que dan a sus pobladores niveles de vida envidiables en cualquier parte del mundo.

El denominador común de tal proeza, no fue el haber contado con riquezas súbitas generosamente otorgadas por la naturaleza, fue el esfuerzo conjunto de hombres y mujeres de carne y hueso y líderes inteligentes que entendieron que solo con el trabajo creador y productivo una sociedad, cual ave fénix, sale adelante de entre sus cenizas.

Por supuesto, estamos hablando de sociedades que pese a los horrores producidos por la guerra y a los malos gobernantes, escogieron otros caminos: el de la reconciliación para sanar sus heridas, el del trabajo para vivir mejor y el de la tolerancia.

Este último para garantizar que las generaciones futuras no se lanzaran nuevamente por el precipicio sin fondo de la guerra o la lucha fratricida, para satisfacer supuestos destinos manifiestos que anidaban en la cabeza de líderes mesiánicos e irresponsables que arrastraron a pueblos enteros a la muerte y la destrucción, en aras de proyectos societales que se afirmaban dándole más poder al líder.

Con nuestras riquezas naturales, el talento de nuestros productores y profesionales, la creatividad de nuestros jóvenes emprendedores y el esfuerzo de nuestros trabajadores, estoy seguro que saldremos de la debacle en que se encuentra Venezuela, de eso no tengo la menor duda. Sin embargo mi preocupación es otra: la restitución del tejido social.

Lo peor de Chávez no es la destrucción del aparato productivo, las finanzas públicas y la seguridad jurídica, tampoco la tolerancia a la corrupción, la inseguridad y a la ineficiencia. Total, sabremos componer lo descompuesto, no sería la primera vez.

Lo que la historia nunca le perdonará a Chávez es la destrucción de los lazos que mantenían unida a la familia venezolana. Amigos contra amigos, hermanos contra hermanos, hijos contra padres, vecinos contra vecinos, es lo que la revolución ha incrustado en la psiquis de nuestra sociedad.

Chávez ha provocado con su discurso agresivo y excluyente una guerra civil de baja intensidad que invita de manera permanente a odiar al diferente. Pasaran muchos años para que la concordia y bonhomía que siempre caracterizó al venezolano, se instale otra vez en nuestra sociedad.

Esa es la obra de destrucción que nos dejará Chávez y recomponer nuestra vida en sociedad nos costará más que hacer producir mil fábricas o sembrar miles de hectáreas.

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