viernes, 14 de septiembre de 2012

El presidente y los amigos



Héctor Aguilar Camín

El presidente no tiene amigos, dijo el presidente electo Enrique Peña Nieto. Es una frase notable por su dureza.
 
Supongo que responde a la habitual acusación que se hace a los presidentes, a Calderón en particular, de que gobiernan con sus amigos. No con los mejores, sino con sus preferidos.
 
A esta crítica más bien ociosa he oído responder con sonriente verdad: “Ni modo que gobiernen con sus enemigos”.


Los presidentes tienen que gobernar con gente a la que respetan y a la que le tienen confianza. El respeto y la confianza también pueden construirse trabajando. Pueden no ser el punto de partida, sino el punto de llegada. Y una colaboración que produzca respeto y confianza no puede sino volverse una amistad.


La política, sin embargo, es el arte diabólico de hacer y perder amigos. Nada hace y deshace tantos amigos como la política, decía Cicerón, a lo que añade otro clásico: “En política, todos los amigos son falsos y todos los enemigos verdaderos”.


Aun así, la idea de un político sin amigos es una contradicción con el arte esencial de la política, que es atraer a otros, reunir y guiar los intereses conflictivos, las pasiones encontradas, las filiaciones divergentes.


Es verdad, como decía Porfirio Díaz, que para hacer política hay que tener un poco anestesiados los sentimientos. Pero la idea de un político sin amigos leales y partidarios verdaderos, incluso incondicionales, suena inhumana y desconfiable.


Leo Zuckermann ha escrito ayer que los presidentes deben tener amigos, y amigos profundos, aunque no sea más que para que les digan la verdad, y no los dejen volar demasiado.


Esto es cierto, desde luego, aunque no sé qué amistad pueda aguantar al amigo que dice siempre lo que piensa, y si en la amistad profunda no hay mucho de cuidado político de los sentimientos y los intereses del amigo.


En todo caso, bordando sobre el tema de los presidentes y los amigos, creo que María Amparo Casar ha dicho lo que muchos quisiéramos oír.


A saber: que un presidente puede y debe tener amigos, pero no cuentas por pagar, en el sentido de que no debe ser rehén de nadie, ni de los afectos ni de los intereses.


Lo cual no quiere decir que puede atropellar los afectos ni pasar por encima de los derechos legítimos de nadie. Quiere decir que el poder debe liberarlo un poco para hacer lo que debe hacer, no atarlo más.


Lo cierto es que amistad, poder y política: un laberinto.

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